En la plaza desolada por la guerra anual, el viejo buscaba en la oscuridad. Había en sus ojos un cansancio terminal, un agotamiento definitivo. Se movía lento, como un sueño indeciso, y tanteaba la sombra, buscaba en lo negro de la noche última, en el borroso período en que se deshace de los días y renace de la barriga del tiempo.
Tenía el viejo un ademán de ciego que ha visto lo que le estaba permitido, y por eso tiene la mirada ahogada en la noche blanca. La lluvia fina y persistente no lo hería; más bien parecía resbalar antes de humedecer su piel arrugada, hendida por los acontecimientos. En esas grietas parecía resumirse el planeta; era una geografía muda, un mapa cuyas montañas y valles hablaban en el lenguaje sin palabras de los sentidos.
Daba vueltas el viejo, golpeando el silencio de los adoquines con sus botas sucias y abiertas, que mostraban unos pies negros, carbonizados por el ardor de las caminatas. Se diría que trataba de encontrar una nube bajo la que pasar la noche, una nube rojiza bajo la cual no lloviera el tiempo encima.
De pronto, un grito en medio del silencio de la luz. Las piedras son ametralladas; la noche callada, asesinada por el estruendo, se cree finalizada, pero resucita luego semejante a sí misma, porque todas las noches son la misma.
Era un coche, pero el viejo no lo ha visto, porque sus ojos no ven más que la madrugada del tiempo. Tampoco lo oyó, porque es sordo a lo que no es océano mudo.
El viejo sabía que, definitivamente, algo tenía que pasar. Demasiado tiempo ya, incluso para él, que parecía haber sido creado para vivir siempre. Al menos, por lo que recordaba, él había existido en todo momento. Durante un tiempo, había temido el viejo que su imaginación lo estuviera traicionando, pues el objeto de su búsqueda le era esquivo. No siempre fue consciente de tener una misión; de hecho, más bien intuía que esa sensación era reciente, hasta el punto que cada segundo le parecía el primero, como si naciera allí su deseo de algo, que ni siquiera conocía.
Podría terminar no encontrando nada, y lo que era peor, corría el riesgo de perderse él mismo. Era una situación que se le antojaba absurda, porque imaginaba que alguien saldría en su búsqueda, cuando la realidad es que se consideraba único, El Único, sólo Él; Él y la oscuridad, tras él y sobre él, como un manto de silencio.
Avanzaba hacia algo, siempre, por un camino que elegía, pero que a la vez sentía como ya decidido en su nombre. Estaba siendo empujado en pos de su objetivo, cada vez más cerca.
El viejo, por fin, rompió el círculo de pasos, abandonó el centro de la plaza y se encaminó hacia lo que parecía una oscuridad distinta de las otras. Era una luz plana, bidimensional, extendida hacia el frente, invisible a todos los ojos, excepto para los blancos y fantasmales del viejo. Su andar se hizo irreversible, porque supo que buscaba lo que yacía tras la línea de luz, aún sin verlo. Adivinó que nadie más había contemplado la luz como él, tuvo la certeza de que era para él, la luz horizontal, que sólo existía hacia delante. Penetró en el haz luminoso, volvió atrás la mirada y comprobó que a su espalda, la noche los seguía persiguiendo, borrando la luz que lo llenaba, como un horizonte de sueño.
Por un segundo, lo miró un niño con ojos redondos y enormes. El viejo no pudo detenerse, aunque hubiera querido, pero comprobó con temor que ya no quería. Se tragó la imagen del niño, como se hubiera tragado una estrella fugaz, y supo que había finalizado su camino. Tuvo la certidumbre de que aún se le permitía una última mirada hacia atrás, en el silencio. Un viejo se alejaba despacio, en la noche empedrada de lluvia.
Madrid, 1 de enero de 1996




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